Katherina Goregliad Torres
Psicóloga – Terapeuta
¿Qué deseo cubrir en mí que siento que el otro debe llenar?
En la actualidad, no es extraño escuchar este tipo de preguntas dentro de las relaciones de pareja. Vivimos en una sociedad profundamente acelerada, demandante y sobreestimulada, donde el amor muchas veces se confunde con exigencia. Decimos amar, pero en el fondo pedimos, reclamamos y esperamos que el otro calme nuestras inseguridades, sane nuestras heridas y confirme constantemente nuestro valor personal.
En este contexto, el vínculo se construye desde creencias limitantes como:
- “Sin pareja no soy suficiente”.
- “Si me ama, debe responder siempre”.
- “El amor verdadero no se va”.
- “Si no me elige, algo malo hay en mí”.
Estas creencias, muchas veces inconscientes, generan exigencias emocionales que terminan transformándose en una comunicación tóxica, cargada de reproches, silencios punitivos, control y desconfianza.
El amor, en su esencia, no debería ser una relación de poder ni de dependencia. Jean-Paul Sartre sostenía que amar es un encuentro entre dos libertades que se eligen sin anularse. Cuando el vínculo deja de ser libre, se convierte en una forma de posesión.
Desde el psicoanálisis, Sigmund Freud nos recuerda que muchas de nuestras elecciones amorosas están determinadas por necesidades infantiles no resueltas. Buscamos en la pareja a quien nos cuide, nos valide o nos repare. Así, el otro deja de ser un compañero y se convierte en un proveedor emocional.
Por su parte, Carl Jung explica que proyectamos en la pareja partes inconscientes de nosotros mismos: heridas, deseos, carencias y sombras. Amamos no solo a la persona real, sino a la imagen que construimos desde nuestro inconsciente. Cuando esa proyección cae, aparece la frustración, el control y la exigencia.
Si lo observamos en las parejas actuales, la situación se complejiza aún más con la tecnología. Las redes sociales, la mensajería instantánea y la hiperconectividad generan nuevas formas de ansiedad relacional:
- “¿Por qué está en línea y no me responde?”
- “¿A quién le dio like?”
- “¿Por qué tarda en contestar?”
La tecnología amplifica la inseguridad, fomenta comparaciones constantes y refuerza la necesidad de control. En lugar de comunicación auténtica, aparecen mensajes pasivo-agresivos, reclamos implícitos y silencios cargados de resentimiento. La conexión digital sustituye al encuentro emocional real.
Cuando el amor se sostiene desde la exigencia, ocurre algo fundamental: el otro deja de ser sujeto y se transforma en objeto. Un objeto que debe responder, estar disponible, tranquilizar, validar y llenar vacíos internos. En este punto, el vínculo se vuelve contractual: te amo si cumples, te necesito porque me sirves.
Podríamos expresarlo así:
- Amor + Exigencia = Dependencia
- Amor + Creencias limitantes = Sufrimiento
El amor auténtico no cosifica, no controla ni exige. Amar implica renunciar al dominio del ego y asumir la responsabilidad de nuestras propias carencias. Cuando se ama sin necesidad, se permite al otro ser, crecer y transformarse.
Por ello, es esencial transformar el “te amo porque te necesito” en el “te necesito porque te amo”, como lo plantea Erich Fromm. Un amor donde el vínculo nace de la elección consciente y no de la carencia; donde hay comunicación honesta, límites claros y libertad emocional.
Amar no es pedir que el otro nos salve, sino caminar juntos, sin perderse a uno mismo en el intento.
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